Procrastinar no es 𝘧𝘭𝘰𝘫𝘦𝘳𝘢

A partir del regreso a clases se han juntado un montón de cargas, reajustarse a horarios (que puede ser un desgaste físico), ordenar espacios y materiales (puede ser desgaste psicológico) y pueden presentarse emociones como frustración, miedo, incertidumbre.


Es cierto, que no todas las personas lo están viviendo así y también es cierto que no solo el regreso a clases en estas condiciones tan peculiares puede provocar esos desgastes.


A veces, podemos identificar una cierta desmotivación, quizá no tenemos muy en claro de dónde viene, cuándo llegó o cómo es que ahora hacemos planes que vamos aplazando. Sabemos que hay cosas que queremos hacer, sabemos los beneficios que tienen esas actividades que nos planteamos, hacemos planes, incluso quizá compramos cosas que nos ayuden a lograr el objetivo (sea una caminadora que sirve de perchero, una suscripción que se vence sin ser usada, un libro que empezamos tres veces sin avanzar del primer capítulo).


La procrastinación se instala en nuestra vida.


“Procrastinación” viene del latín procrastināre que significa, postergar hasta mañana.

Y eso hacemos, te suena algo como:

“Mañana en serio arranco”, “mejor iniciar en lunes”, “ya me voy a poner las pilas”, “mejor primero me organizo y luego hago x cosa”


Pues bien, estás procrastinando.


Ahora, hay una cuestión complicada con procrastinar (además de la pronunciación de la palabra) y es que sabemos que lo estamos haciendo.

No son tareas que se nos olvidan o quedaron sin hacer por alguna circunstancia, están ahí, dando vuelta en nuestra cabeza, ocupan espacio de lo que pensamos y algo importante que a veces pasamos por alto: impactan en cómo nos sentimos.


La psicología ha estudiado ya este fenómeno y trata de entenderse no solo por qué ocurre también se trata de encontrar estrategias para evitarlo.


Algo que considero importante es que tengamos en claro que procrastinar no es necesariamente un “defecto de personalidad”, es muy probable que no seas una persona “floja” o con poca capacidad de concentrarse o concretar una actividad.


¿Entonces qué puede ser?


Muchas investigaciones señalan que hay una relación entre la regulación emocional y la procrastinación.


Se ha hecho un enlace entre ese aplazamiento constante de actividades y bajo rendimiento académico o laboral, también que puede tener efectos en el estado de ánimo y favorecer el desarrollo de depresión o el que no se busque atención a la salud mental de forma oportuna. En general, reduce el bienestar.


Pero para que comencemos esos aplazamientos, que en muchas ocasiones son casi imperceptibles, pero sí conscientes (de nuevo, esa vez que decimos por décima vez: “mejor mañana”, “como quiera ya es tarde, mejor otro día”) hay antes también influencia de nuestro estado emocional y de ciertos esquemas de pensamiento.


“La procrastinación es un problema de regulación de emociones, no un problema de gestión de tiempo” - Tim Pychyl
Pychyl y Sirois descubrieron que la procrastinación puede ser entendida como “la primacía de la reparación del estado de ánimo a corto plazo… por encima del objetivo de las acciones planeadas a un plazo más largo”.

Algunos autores y autoras lo relacionan muy cercanamente con el razonamiento contrafáctico (o contrafactual) que básicamente es pensar de forma hipotética en diversos escenarios, pero sin hechos concretos y hoy sabemos que eso promueve (entre otras cosas) la procrastinación.


De alguna forma comparamos resultados desfavorables del pasado con posibles mejores resultados (afirmaciones “si solo”) o peores (afirmaciones “al menos”) que pudiesen ocurrir.

Además de esas ideas, se pueden identificar algunas que afectan nuestra autoestima y generan emociones negativas (como culpa, duda sobre sí misma/o, vergüenza, sensación de no ser capaz).


Para clarificar, un ejemplo:

* Quiero iniciar a hacer ejercicio, sé que me hace bien, antes lo he hecho y sé que puedo y que hasta lo disfruto… pero simplemente no lo hago. Busco videos, busco rutinas, compro equipo… y nada.

* Pienso: “si tuviera más energía, seguramente me levantaría más temprano para hacer ejercicio”, “si tuviera la ropa adecuada, seguramente me sentiría a gusto para hacer ejercicio”

* Siento: culpa (no soy organizada, no me comprometo, por eso me siento/veo así), vergüenza (no es posible que no pueda hacer esto, que fracaso)

Y entonces es muy probable que evite el ejercicio de forma más enérgica, le “saco la vuelta”.


¿quién se quema una vez y va a poner la mano para que le duela de nuevo?


Esas ideas que nos hacen sentir mal nos alejan del objetivo y si tenemos que elegir entre una emoción positiva inmediata (y probablemente mucho más sencilla y accesible) a una emoción negativa y desgastante, pues la respuesta parece obvia.


* Resultado: el ejercicio queda olvidado, el equipo que compré o mis tenis lo más escondido posible y bueno, Netflix está más cerca, es más rápido y me despeja.


Soy ferviente defensora del autocuidado, considero que es una herramienta BÁSICA, para promover nuestro bienestar. Pero un componente que suelo señalar en consulta (o cuando hablo del tema), es la disciplina.


Quizá sí necesito descansar para tener más energía y arrancar al cien con el ejercicio, pero si me desvelo viendo una serie, ni descanso, ni ejercicio y sí culpa, vergüenza y arrepentimiento que se acumula y me lleva a evitar el tema del ejercicio y sigo y sigo en un bucle difícil de parar.


Para un primer análisis de qué actividades estamos desarrollando, cuales aplazamos y cómo estamos gestionando nuestras opciones (así como ideas y emociones relacionadas a la procrastinación) te dejo un ejercicio breve que puedes ver aquí.


La siguiente semana escribiré de forma más concreta sobre qué estrategias podemos implementar para evadir la procrastinación (y esas ideas y emociones asociadas), si haces el ejercicio que propongo, seguramente tendrás una buena base para desarrollar un plan acertado y arrancar sin dejar para mañana.


¡Cuídate!

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